Hay ciudades que se entienden caminándolas. Acapulco no. Acapulco se entiende mirándola desde arriba, desde alguna terraza de la Escénica, cuando el sol cae detrás de la isla La Roqueta y la bahía entera se enciende en luces amarillas. Entonces se entiende por qué medio siglo del siglo XX —el medio que importaba— eligió este lugar como el suyo.
La historia se ha contado mil veces pero merece otra. Fue Miguel Alemán Valdés, presidente de México entre 1946 y 1952, quien apostó por convertir un pueblo de pescadores en el primer destino turístico de talla mundial del país1. Construyó la Costera, modernizó el aeropuerto, abrió la ruta carretera desde la capital. Y entonces vino lo que ningún plan urbanístico podía haber pronosticado: vino el mundo.
El jet-set: una bahía que se llenó de leyendas
Vinieron primero los magnates norteamericanos. J. Paul Getty, John Wayne, Errol Flynn, Lana Turner. Vinieron luego los Kennedy —John y Jacqueline pasaron parte de su luna de miel en septiembre de 1953 en una villa en la Costera, en una visita registrada por Life y Time2—. Vino Elizabeth Taylor en 1957 a casarse con Mike Todd en una ceremonia que ocupó portadas en tres continentes. Vino Frank Sinatra, que se convirtió en visitante recurrente y que, según el biógrafo Tony Consiglio, decía que Acapulco era "the only place in the western world where you could disappear without leaving"3.
Vino, por supuesto, Elvis Presley. Fun in Acapulco, filmada en 1963 —aunque buena parte de las escenas se rodaron en estudio en Los Angeles— consolidó la imagen del puerto en el imaginario popular norteamericano y europeo4. La canción You Can't Say No in Acapulco sigue sonando ocasionalmente en bares de la Costera.
Vinieron también los reyes europeos en exilio o en discreción, los magnates árabes, los políticos latinoamericanos buscando un escenario tropical para sus cumbres, los industriales mexicanos para quienes tener una casa en Acapulco era —entre 1955 y 1985— casi una formalidad cultural5. Howard Hughes, recluso paranoico, pasó sus últimos años en el último piso del Acapulco Princess; murió en el vuelo entre Acapulco y Houston en 19766.
La Quebrada: un acto de fe que dura
Si Acapulco tiene un símbolo único —irrepetible, no replicable en ningún otro destino de playa del mundo— es el clavado de La Quebrada. Desde 1934, año en que Raúl García "El Coronel" comenzó a saltar formalmente desde el acantilado, los clavadistas profesionales de La Quebrada ejecutan saltos de 35 metros sobre una caleta de roca a la que el oleaje permite apenas 3 metros de profundidad útil7.
El acto es matemática y fe. Hay que esperar la ola precisa. Hay que saltar en el momento en que el agua alcanza su máxima profundidad y antes de que comience a retirarse. El margen de error es de segundos. La tradición se transmite por generaciones —hijo de clavadista, nieto de clavadista— y sobrevive como una de las expresiones culturales más auténticas del puerto8.
Verlo de noche, con antorchas, en el último salto del día —el que dedican a la Virgen de Guadalupe— es una experiencia que conmueve incluso al espectador escéptico. No es turismo: es liturgia.
Gastronomía: el sabor del Pacífico mexicano
Acapulco inventó —o por lo menos perfeccionó— una manera específica de comer pescado: el pescado a la talla. Una huachinanga, una mojarra o un robalo abiertos por la espalda, condimentados con chile guajillo, ajo, cebolla y limón, asados a la leña sobre parrilla de varas verdes. La preparación es de origen prehispánico, codificada en la práctica restaurantera de Barra Vieja y Pie de la Cuesta desde mediados del siglo XX9. Pocos platos mexicanos son tan honestos.
Pero la gastronomía del puerto no se agota en pescado. El pozole verde guerrerense —servido en el tradicional jueves de pozole— es referencia nacional. Los aguachiles, los ceviches de marlin ahumado, las tiritas de pescado de Zihuatanejo trasladadas al puerto, el coctel de camarón con clamato. La cocina costera de Guerrero ha sido catalogada por el chef e investigador Ricardo Muñoz Zurita como una de las cinco tradiciones culinarias regionales mejor preservadas de México10.
A esa base se suma —en los últimos cinco años— una camada de cocinas nuevas. Becco al Mare, Zibu, Tlamanalli del Puerto, Almara. Cocinas que dialogan con la tradición sin imitarla, que han traído de regreso a Acapulco a chefs formados en Pujol, en Quintonil, en Sud777, dispuestos a apostar por el puerto11.
La gente del puerto
De todo lo que hace única a Acapulco, lo más difícil de articular y lo más cierto es la gente. El acapulqueño tiene un temperamento específico: amable sin servilismo, conversador sin invasión, generoso con el visitante porque entiende que la economía del puerto siempre dependió de quien viene de fuera. Es una cultura porteña en el sentido estricto: cosmopolita por necesidad, leal a lo propio por convicción.
Después de Otis, esa cultura mostró otra cara: la resiliencia. Las imágenes de la primera semana posterior al huracán —vecinos organizándose para limpiar, hoteleros abriendo sus albercas como reservorios de agua dulce, restauranteros cocinando para damnificados con lo que quedaba en los refrigeradores muertos sin luz— circularon ampliamente en medios nacionales12. No fue solo solidaridad: fue la articulación de una identidad colectiva que el puerto ha cultivado durante décadas.
El símbolo persistente
Acapulco ha sido, por momentos, muchas cosas. Capital del turismo internacional. Escenario de la guerra contra el narcotráfico. Destino popular nacional. Ciudad herida por Otis. En 2026 es —al mismo tiempo— una ciudad en reconstrucción material y una ciudad que vuelve a encender, lenta pero claramente, las luces del segmento premium.
Lo que persiste a través de todas esas etapas es el lugar mismo. La bahía con su forma de medialuna perfecta. La Quebrada con sus clavadistas. La Escénica con sus miradores. El pescado a la talla. La gente. El atardecer.
Eso es lo que se ama de Acapulco. No la ciudad que fue ni la ciudad que será: la bahía que es. Y será siempre. Y siempre habrá quien la mire desde una terraza de Las Brisas y, al ver el sol caer detrás de La Roqueta, entienda por qué medio mundo la eligió alguna vez como su lugar en la Tierra.
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Ver disponibilidad →Referencias
- Sackett, A. (2007). Fun in Acapulco? The Politics of Development on the Mexican Riviera. En Holiday in Mexico: Critical Reflections on Tourism and Tourist Encounters. Duke University Press.
- Life Magazine. (1953, septiembre 28). Honeymoon in Acapulco: the Kennedys. Time Inc.
- Consiglio, T. & Douskey, F. (2011). Sinatra and Me: In the Wee Small Hours. Tarcher.
- Paramount Pictures. (1963). Fun in Acapulco · ficha de producción y locaciones. American Film Institute Catalog.
- Krauze, E. (1997). Mexico: Biography of Power. HarperCollins. Capítulo sobre la era posrevolucionaria y la consolidación de Acapulco.
- Phelan, J. (1976). Howard Hughes: The Hidden Years. Random House.
- Ayuntamiento de Acapulco. (2018). Patrimonio cultural intangible · Clavadistas de La Quebrada · expediente.
- Cordero-Maldonado, M. (2015). Los clavadistas de La Quebrada: tradición, riesgo y oficio. Cuicuilco · ENAH, vol. 22, núm. 63.
- Iturriaga de la Fuente, J. N. (2008). Las cocinas de México · Tomo II: el sur. Fondo de Cultura Económica.
- Muñoz Zurita, R. (2013). Diccionario Enciclopédico de la Gastronomía Mexicana. Larousse.
- Travel + Leisure. (2025). Acapulco's New Dining Scene; Food & Wine. (2026). Mexico's Pacific is Cooking Again.
- El País. (2023, octubre 30). Acapulco, después de Otis: la ciudad se organiza para sobrevivir; Reforma. (2023, noviembre 2). Los hoteles que abrieron sus puertas.